Cuando se pierde el respeto, también se pierde la autoridad.
Como ex concejal y ex presidenta del Honorable Concejo Deliberante de la ciudad de San Luis, no puedo permanecer en silencio frente a lo ocurrido en la sesión de ayer con la concejala y compañera Paulina Calderón.
Al igual que Paulina, conozco perfectamente lo que significa presidir ese cuerpo. Sé que la Presidencia implica responsabilidad, templanza y, por sobre todas las cosas, respeto por cada concejal y por la voluntad popular que cada uno representa. Conceptos sencillos, que a veces requieren de cierto repaso.
Por eso, lo ocurrido con la compañera no es una simple discusión política. No podemos naturalizar los malos modos, la soberbia, las interrupciones ni las agresiones desde el lugar de mayor autoridad institucional del Concejo y mucho menos cuando quien ocupa esa Presidencia llegó a esa banca siendo candidata del Partido Justicialista, fue elegida por la ciudadanía dentro de una propuesta política determinada y luego decidió abandonar ese espacio para pasar a integrar el bloque opositor.
Eso también merece una explicación.
Las bancas no son propiedad personal. Son de la ciudadanía que vota y confía en una propuesta política. Cuando una persona cambia de bloque para defender intereses personales o particulares, como ha sido públicamente cuestionado respecto de beneficios vinculados a un emprendimiento propio y al uso de recursos del Estado, la sociedad tiene derecho a preguntar: ¿a quién representa esa banca?
No se puede hablar de democracia solamente cuando conviene, lo mismo que ocurre con la violencia de género: no se puede hablar de violencia de género solo cuando conviene, pero ejercerla sin tapujos.
Si ya no representa al espacio político por el cual fue elegida, si rompió con el mandato político que recibió de la ciudadanía y decidió ponerse al servicio de otros intereses, entonces corresponde que tenga la dignidad y la coherencia de renunciar a la banca que obtuvo como candidata del Partido Justicialista y devolver esa representación al pueblo que la eligió.
Porque una banca no es un premio personal, ni patrimonio de quién la ocupa. No es patrimonio de quien la ocupa. Es una responsabilidad y un mandato popular.
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